Del 30 de septiembre al 3 de octubre, Cartagena fue escenario de la XXX Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo. Llegar a la edición número treinta no es poca cosa: el certamen suma 64 años de trayectoria, más de 6.500 proyectos inscritos y 420 obras galardonadas desde 1962.
Es, además, la bienal más antigua de América en su género; solo la de Venecia tiene más recorrido en el mundo. Más que una vitrina de premios, funciona como un archivo vivo de cómo hemos construido el país.
Ese archivo, este año, cuenta una historia interesante.
El Premio Nacional
El máximo reconocimiento, el Premio Nacional de Arquitectura 2026, fue para el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín, en Barranquilla, obra de DEB Architecture y El Equipo Mazzanti. Más que un edificio icónico, es un parque que se adentra en un manglar. Premiar una obra donde el paisaje y el ecosistema mandan sobre la forma dice mucho del momento que atraviesa la disciplina.
Vista aérea completa del Ecoparque Ciénaga de Mallorquín, Barranquilla — DEB Architecture & El Equipo Mazzanti
Agua, memoria, territorio
Dos perspectivas del mismo proyecto —una en tierra, otra desde el agua— revelan su escala real: no es un edificio, es un ecosistema intervenido. La lista de distinciones apunta en la misma dirección. En Medellín, Corredores Azules recibió el Premio Karl Brunner por una estrategia que recupera las quebradas de la ciudad y las integra con espacio público, vegetación y mitigación del riesgo. En la antigua Armero, la intervención de Fiallo Atelier entre las ruinas de la iglesia de San Lorenzo ganó el Premio Dicken Castro Duque, en la categoría de Arquitectura Efímera.
Corredores Azules, Medellín — Premio Karl Brunner
Fiallo Atelier en Armero — Premio Dicken Castro Duque
Agua, memoria, territorio. Lo que se reconoce ya no es solo el objeto construido, sino la manera de reparar y de escuchar el lugar.
"Lo que se reconoce ya no es solo el objeto construido, sino la manera de reparar y de escuchar el lugar."
Una Bienal latinoamericana
Hay también una apuesta por abrir la conversación hacia afuera. Por primera vez, la Bienal incluyó una edición latinoamericana, para ampliar el intercambio con el resto del continente. Era una deuda pendiente con la región: los problemas que enfrentan nuestras ciudades —la informalidad, el riesgo climático, el espacio público desigual— no reconocen fronteras, y las soluciones tampoco deberían.
La tarea pendiente
Queda, sin embargo, una tarea para el gremio. Un premio nacional corre el riesgo de quedarse en celebración interna si no logra que la ciudadanía entienda por qué estas obras importan. La mejor señal de este año es que varios de los proyectos premiados son lugares que cualquiera puede recorrer.
Que la arquitectura se habite y se visite, y no solo se publique, es quizás el mejor criterio de éxito. Treinta ediciones después, el reto sigue siendo el mismo: que lo que se premia en Cartagena se sienta, de verdad, en la calle.